Tuesday, May 17, 2011

Osama, El Chapo y Sicilia


Por Salvador del Río

ALAI AMLATINA:
México. La muerte, real o mediática, de Osama Ben La-den en una residencia de Islambad; una nueva fase de la guerra que por encargo libra Es-tados Unidos al sur de sus fronteras y un estéril ¡ya basta! de la sociedad mexicana contra la fallida estrategia del combate a las drogas del presidente Felipe Calderón han generado en los últimos días el surgimiento de tres figuras que se proyectarán con fuerza en la opi-nión pública internacional, aunque no necesariamente con el perfil de héroes o benefactores de la humanidad.

Si, como se dice con insistencia, el dirigente visible de la organización islámica Al Qaeda a quien se atribuyó la autoría de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y en otras ciudades de Estados Unidos, no murió en su escondite de Pakistán, sino años atrás, por un viejo padecimiento pancreático, el presidente Barak Obama habría dado una especie de lanzazo a moro muerto al anunciar su desaparición y al hacerlo, aún sin exhibir ni siquiera fotografías del cadáver, ha destinado a Ben Laden a convertirse en uno de los mitos de la historia, al menos en una amplia parte de la humanidad que, sin justificar la violencia, explica la caída de las torres gemelas como una reacción a los crímenes que la política norteamericana ha cometido con sus guerras injustas en el mundo.

Pero Estados Unidos ha necesitado siempre, inveteradamente, un enemigo a vencer, sea colectivo, ideológico, terrorista o narcotraficante, para mantener su hegemonía militar, económica y política. Oficialmente muerto Ben Laden, las agencias norteamericanas co-mienzan a perfilar a un sustituto del líder musulmán como «el hombre más buscado» por la justicia de ese país; éste es, por decisión de Washington, Joaquín El Chapo Guzmán Loera, uno de los capitanes más encumbrados de la industria de los estupefacientes, fugado hace diez años de la cárcel de Puente Ggrande, en el Estado de Jalisco, y quien en ese lapso ha amasado una fortuna suficiente para ser incluido por cuarta ocasión en las listas de los hombres más ricos del mundo de la revista Forbes, que le calcula un capital de alrededor del mil millones e dólares.

En una entrevista a la periodista Dolia Estévez para el noticiero de Carmen Aristegui, el vocero en Washington de la Agencia estadounidense contra las drogas, la DEA, hizo saber que El Chapo es designado ya por ese organismo y por el FBI como el delincuente más per-seguido; su captura será en los próximos meses una prioridad para la justicia norteamericana, al grado de que se puede contemplar como posible una intervención norteamericana directa para aprehenderlo o matarlo, en México o en donde esté, como se hizo por encima de la soberanía de Pakistán en la no aclarada muerte de Ben Laden.

La conversión de El Chapo Guzmán en el objetivo de Estados Unidos no parece coincidir con los de la guerra calderonista, que se desarrolla en medio de afirmaciones sobre una supuesta protección al grupo que encabeza el millonario de Forbes y se centra en los que le disputan las plazas del narcotráfico, la principal la martirizada Ciudad Juárez. Tanto la Secretaría de Seguridad Pública como el ejército y la marina armada de México han señalado que el grupo de Los Zetas, rival encarnizado de Guzmán Loera, es la más fuerte amenaza para la población en la ola de violencia y criminalidad que en los últimos cinco años ha costado más de cuarenta mil muertes en México.

El anuncio de las agencias de Washington obligará en todo caso al gobierno de Calderón, aun contra su voluntad, a cambiar su mira y dirigirla contra El Chapo Guzmán.

Al calor de la guerra emprendida por el gobierno de Calderón y de las reacciones de la po-blación en demanda de un cambio de estrategia, emerge otra figura a la que con ayuda de los medios masivos de comunicación se quiere convertir en héroe: Genaro García Luna, cuya renuncia se exigió en la marcha por la paz y la justicia del domingo pasado. Proclive a convertir cada una de sus acciones contra la delincuencia en espectáculos televisivos, el secretario de Seguridad Pública es, por voluntad del presidente, el hombre fuerte en la gue-rra contra la delincuencia, por encima incluso de las fuerzas armadas, el ejército y la mari-na, a las que formalmente Calderón ha confiado la captura o eliminación de los capos de la droga, los ejércitos de sicarios a su servicio y los narcomenudistas.

Bastó con que en la culminación de la marcha del domingo pasado, desde la tribuna de la Plaza de la Constitución se pidiera la renuncia de García Luna para que de inmediato el gobierno rechazara esa posibilidad y, en comunicados oficiales y declaraciones se exaltara la figura, las virtudes rayanas en heroísmo y los servicios que el secretario está prestando –se dice—a la sufrida patria.

En forma coincidente, en las pantallas de Televisa paradójicamente comenzó a proyectarse una nueva serie con la que se pretende encomiar a la policía dependiente de la secretaría de Seguridad Pública y directamente a su titular García Luna. Con ello, el gobierno está creando la figura de un supuesto héroe semanas después de haber pedido a los medios de comunicación que no conviertan en tales a los delincuentes exaltando voluntaria o involun-tariamente sus hazañas. Cada quien su héroe.

Una tercera figura aparece en el ámbito nacional en torno a la guerra de Felipe Calderón. Agraviado por la muerte de su hijo junto con otros seis jóvenes a manos de la delincuencia en la ciudad de Cuernavaca, el periodista y poeta Javier Sicilia convocó a una gigantesca manifestación de repudio a la forma en que el combate a la delincuencia se ha llevado a cabo. Como en los casos de otras muertes prominentes por su lugar en la sociedad, la del joven Francisco Sicilia generó la comprensible indignación de una amplia capa de la socie-dad. Hay muertes emblema, que en justicia deberían ser vistas con el mismo horror que se mira a las que han enlutado a miles de hogares en todo el país.

Fue el poeta Sicilia quien a voz en cuello demandó la defenestración de García Luna, y su grito en el Zócalo capitalino fue tan fuerte que apagó otras demandas que deberían escu-charse y sostenerse con vigor, pues la renuncia de un funcionario, por nefasto que sea, no basta para resolver el grave problema de la inseguridad en México. Hubo en la cumbre de la marcha otros planteamientos, muy diversos, dirigidos casi todos a la petición de reformas relacionadas con el estado y sus instituciones y una condena a la clase política en general, a la que se responsabiliza de los miles de muertes, las desapariciones, los secuestros de los últimos años.

Abanderado de la protesta ciudadana, Javier Sicilia está urgido del acompañamiento de todos los sectores, de todas las corrientes y tendencias, incluida la entelequia llamada clase política para centrar la demanda de la ciudadanía en un solo objetivo: el término de un combate que, a base de balas, pretende modificar una situación cuyas causas, mucho más profundas, ni siquiera son abordadas por los señores de la guerra.

Salvador del Río es periodista y escritor mexicano

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