Monday, February 23, 2009

Acerca del erotismo y la pornografía




Cuadro de Bronzino: Alegoría


Por Ercole Lissardi / Periodista

En realidad la distinción erotismo / pornografía es la expresión estético-conceptual de la necesidad profunda que tiene nuestra sociedad -o que nuestra sociedad cree que sigue teniendo- de ghettizar lo sexual

Relatos de relaciones sexuales. En poemas, cuentos, novelas, obras de teatro, películas, fotografías, dibujos, pinturas (estos tres últimos también relatan: nos dan el momento clave y nosotros reconstruimos subconscientemente el resto). Siempre los hubo y siempre los habrá. ¿Por qué? Porque la sexualidad es uno de los vectores que en toda su gama de vivencias, desde la fisiología a la mística, construye más esencialmente la condición humana.

La sexualidad y sus dimensiones están en el centro de la vida humana y por consiguiente en el centro de la cultura. Perogrullo. Esto es así y cualquier persona intelectualmente honesta firma al pie esta declaración sin leerla dos veces.

Relatos de relaciones sexuales. Una manera simple y descarnada de nombrar y a la vez definir al género. Como cuando se dice novela policial, o novela de ciencia-ficción, o novela histórica. (Prefiero esta expresión y no la de relatos eróticos o relatos pornográficos por la razón que diré más adelante). ¿Qué tenemos derecho de exigir de los relatos de relaciones sexuales? Que nos hagan evidentes las significaciones profundas de su campo. Que sean el producto de esa mezcla de inspiración, habilidad y deseo de trascendencia a la que llamamos arte.

¿Quién decide si la obra es un producto del arte, si es una obra de arte? El consenso del conjunto de los lectores -profesionales o no- por supuesto, a la corta o a la larga dictamina, inapelablemente. A la corta a menudo y no sólo en éste género se ha equivocado y ha debido luego rectificarse. Me parece que esta segunda declaración tampoco admite demasiada discusión.

Y sin embargo estas verdades sencillas y evidentes demasiado a menudo no están claras en la práctica de la recepción de los productos del género al que nombramos relatos de relaciones sexuales. Algo obstruye la visión clara de la naturaleza de ese género y de ese proceso que de todas maneras cada producto cumplirá, acabando por ser o no validado por el consenso.

Ese algo, ese a priori que se filtra de antemano en la mente del lector -profesional o no- como una especie de anteojo distorsionante, es un esquema conceptual que afirma que existen dos tipos de relatos de relaciones sexuales, muy fácilmente distinguibles, distinguibles a primera vista diríamos: los que se llamará erotismo y los que se llamará pornografía. Que son muy fáciles de diferenciar, además, porque los primeros utilizan los métodos del arte (sugerir) mientras que los segundos utilizan el método no artístico (mostrar).

De manera que frente a relatos de relaciones sexuales la primera y sencilla medida será separar la paja del trigo: los que sugieren pasan por acá que les vamos a dictaminar su grado de artisticidad, los que muestran pasan por allá donde los esperan los hornos crematorios de la cultura. Por supuesto que esta pre-clasificación que se hace casi automáticamente tiene un efecto a la larga ilusorio. Porque a la larga todo se relee y el consenso termina inevitablemente por ver claro y por repartir de nuevo las calificaciones, esta vez mediante los criterios verdaderos. Happy end. No voy a dar ejemplos. Cualquier lector medianamente culto puede dar sin esfuerzo una tanda.

De que estos anteojos o a priori conceptuales son una realidad de hierro en nuestra cultura, usted mismo, señor lector, seguramente es -con todo respeto- la prueba. En efecto, el título de este artículo -que lo ha atraído, que ha determinado que usted comience a leerlo- lo que hace es prometer que va a aclarar la famosa diferencia. Usted, para quien en la práctica de la vida cultural la tal distinción se le ha revelado tan importante como -a pesar de todo- finalmente confusa, ha decidido avanzar en la lectura esperando que le proporcione o claridad en el tema o una vez más la confirmación de que las cosas no son tan claras.

Lo que tiene este artículo para usted son noticias buenas y malas. Las buenas son que la tal distinción no sirve para nada porque el tal a priori (sugerir / mostrar) no tiene nada que ver con la calidad de la obra en cuestión.

Las malas noticias son que la verdadera distinción es entre lo que es arte y lo que no lo es, y esa determinación sí que no es fácil porque nos obliga a despojarnos de prejuicios y a sumergirnos en una experiencia en la que sólo nuestras resistencias, reacciones y entregas más íntimas y profundas pueden decirnos si la obra en cuestión está tocando niveles de significación verdaderamente relevantes. No me gusta citar autoridades pero debo decir que concuerdo con Picasso, que cuando Penrose le preguntó qué pensaba de la distinción entre erotismo y pornografía se limitó a decir: Ah, porque ¿hay alguna diferencia?. Picasso dibujó un total de 347 "relatos de relaciones sexuales". De los que sugieren mostrando, quiero decir, se entiende.

¿Cómo se fundamenta esa distinción entre erotismo / sugerir/ arte y pornografía / mostrar/ no arte? Se nos dice que, al limitarse a sugerir, el artista respeta y acciona la imaginación del consumidor del producto. Pero el que muestra, y aún el que muestra hasta la minucia, también respeta y acciona la imaginación del consumidor, simplemente que la pone a funcionar a un nivel distinto: cree que sólo puede alcanzar el nivel al que aspira siendo exhaustivamente concreto. Se nos dice que al evitar el mostrar se evita la obscenidad, que conduce inevitablemente al mal gusto.

Es posible, dependiendo de lo que se entienda por obsceno, pero es seguro que el buen y el mal gusto no tienen nada que ver con el arte. Tienen que ver con la decoración. ¿Entonces? En realidad la distinción erotismo / pornografía es la expresión estético-conceptual de la necesidad profunda que tiene nuestra sociedad, o que nuestra sociedad cree que sigue teniendo, de ghettizar lo sexual.

Pero ¿cómo? ¿La misma sociedad que para venderle un caramelo a un niño necesita manipular las incipientes pulsiones de su libido, la misma sociedad en la que en Internet florece la industria de la más elemental y chata representación sexual con un ímpetu que le envidia la naturaleza en plena primavera, esa misma sociedad, cuando lo sexual aflora en el discurso de los que aspiran a la inspiración y a la habilidad a los que llamamos arte, sale diccionario en mano a apartar con un rápido manotazo la paja del grano, a distinguir lo que sí puede de lo que no puede decirse?

Llámeselo manotazos de ahogado de los arcaísmos burgueses, que no quieren darse por enterados de que las seudodemocracias de consumo en las que vivimos han desbordado completamente semejantes marcos de referencia. Creen todavía en una cultura que sea el paraíso de los hipócritas.

Cuando nuestros artistas se sacuden olímpicamente los ghettos temáticos y de vocabulario, sea en el terreno de la imagen o en el de la palabra, y encaran sin restricciones el universo de lo sexual lo que hacen es cumplir con su deber de artistas, realizar aquello para lo que el arte existe: forzarnos a poner en duda nuestras convicciones profundizando los niveles de nuestra experiencia.

Cuando el artista descubre el vacío letal más allá de los límites de la obsesión por el placer sexual (ponga aquí el lector el nombre del cineasta que lo hizo), o cuando el artista explora la imposibilidad de la epifanía amorosa en el contexto de la dialéctica del amo y del esclavo (ponga aquí el lector el nombre del novelista que lo hizo), o cuando el artista teje con la precisión de un mandala la red simbólica de objetos de deseo que comanda su obsesión masturbatoria (ponga aquí el lector el nombre del pintor que lo hizo), o cuando el artista intenta demostrar que también desde nuestra cultura el sexo como disciplina ritual puede ser una vía hacia la intuición de lo Trascendente (ponga aquí el lector el nombre del novelista que lo hizo), de lo que se trata esencialmente es de encontrar la salida del laberinto en una época en la que pesa sobre nuestros espíritus cotidianamente la lápida del aquelarre nihilista, en la que el miedo cotidianamente dosificado nos empuja a esconder la cabeza en el carnaval de baratijas de la más pueril alienación consumista.

El mandato del artista hoy como siempre -aunque hoy se note menos- es remover cada piedra y empujar cada muro de la prisión en la que estamos hasta encontrar la grieta por la que se filtre la esperanza.

* Publicado originalmente en Brecha

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