Tuesday, September 29, 2009

Los trapos sucios se ventean


Por Santiago Maunez Vizcarrondo / Escritor puertorriqueño

De la infinita estupidez humana no tengo duda alguna: Albert Einstein

En el siglo XVIII en Puerto Rico tuvimos a don Miguel Enríque que era el hombre más poderoso de nuestro país, hijo de una negra y de un sacerdote blanco, dueño de esclavos y de una flota de barcos que llegaban hasta Nueva Inglaterra en el este de los Estados Unidos, condecorado por el rey Felipe V con el titulo nobiliario de Don y con la medalla que llevaba su esfinge por ser el mejor corsario del reino español en el mar Caribe.

¿Por qué sé todo esto y mucho más sobre este boricua? Porque tengo la Historia de Puerto Rico escrita por Paul G. Miller y el libro que el catedrático español Ángel López Canto escribió sobre don Miguel Enrique (su apellido con o sin H o como sea), también tengo su correo electrónico el que no tengo de muchos comentaristas boricuas.

¿Qué me induce a escribir esta divagación bajo éste título? La situación actual de Puerto Rico donde ni siquiera la obra cultural de nuestro venerable antropólogo don Ricardo Alegría, el Instituto de Cultura Puertorriqueña, ha sido respetada por los ineptos que, por mandato de nuestro propio pueblo, hoy nos gobiernan. Tan pronto me enteré sobre esta desafortunada acción se lo informé a mis amistades en Francia, España, Colombia, Venezuela, USA y Puerto Rico, pidiéndoles que ellos continuaran informando lo que está sucediendo en mi país.

En las pasadas elecciones del 2008, cuando el pueblo, impresionado por las acusaciones de la fiscal federal María Domínguez Trujillo y otros contra nuestro gobernador Aníbal Acevedo Vilá, se atemorizó tanto que más de doscientos mil electores temieron ejercer su derecho al voto y sabemos lo que sucedió. Ahora tenemos un gobierno que, bajo la premisa de corregir errores financieros de los anteriores gobiernos, está creando un caos económico y social en el pueblo.

Como mi preparación académica es la de un ingeniero civil graduado en USA, trato de ser pragmático y de mirar las cosas desde un punto de vista real y no soñador como lo es mí otra faceta de artista: músico, pintor, escritor y cuentista. Pertenezco a un grupo de hombres de buenas costumbres, que aprendieron a caminar “sobre el filo de la navaja” llenándose el alma de profundas heridas que esconden en su corazón. Ese grupo de hombres escasea, saben que han cometido errores pero, si Jesús perdonó a la mujer adultera, también a ellos les ha perdonado.

A mis largos 84 años, cuando miro hacía atrás y veo tanto mi huellas como las de mis amigos que me han acompañado en este largo caminar pero que ya no están conmigo, me siento abatido y solo con mis pensamientos observando desde lejos la gran comedia humana que sigue su curso sin detenerse. Y yo, como una golondrina solitaria que se olvidó de volar lejos en unión a la bandada, sueño que con mis escritos resolveré los problemas de mi pueblo Humacao, Ciudad del Silencio, o de mi patria tan acostumbrada a vivir de engaños y mentiras. Nada cambia, todo sigue igual.

Seguiré venteando los trapos sucios de mi vida y de mi patria con la esperanza de que la lluvia los lave, el sol lo sequé y el viento los purifique y continuaré mi camino, hasta que Dios así me lo permita, diciéndole a la vida: «Nada te turbe nada te espante, todo pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada la falta. Solo Dios basta». Tal como dijo Santa Teresa de Jesús.

* Autor de la serie de libros Divagaciones.
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