Wednesday, July 20, 2011

Tu enemigo, Billie / cuento


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De Microrrelatos / Carlos López Dzur


I long to try something I never had:
«Lover man»,
cantada por Billie Holiday (1915-1959)
Aquella niña que creció en Harlem la conocí como Eleonora, pero, más tarde, se olvidó el mundo que era de aquellas negras Fagan de Filadelfia que, el talento, la música, no las dejó en la noche del frío, o esos desamparos del racismo y la exclusión. Eleonora comenzó a brillar tan sublimemente que le llamaron «Lady Day», Dama de lo Diurno. Señora del Día, porque, en asunto del canto pop y el jazz, abría sus esplendores de sol, fraseo y tempo de luz para iluminar la melodía.

Desde el 1933, se aproximó a grabarla la Columbia, más tarde, otros sellos disqueros poderosos, Commodores, Aladdin, MGM, Capitol, Decca... Y, entonces, era The Queen of Song. La Reina. Olvidaron que ella era Eleonora, que su niñez fue miseria, que de su padre apenas tuvo el apellido. ¿Y Frank DeViese? Diablo, avieso. Y Holiday, ninguno. Hall-oh-crisis! Cada vez que canta «Fruta extraña» piensa en su padre, como un ser que cuelga como fruto pudrido ya en camino hacia el bosque de la nada...

De contínuo y desde siempre, ella juega con las palabras para no recordar ni llorar y aprendió a hacer canciones, o co-escribirlas: «God Bless the Child», porque la suya fue maldita, «Don't Explain», porque es tarde para hacerse ilusiones y tener fe en esta mundo horrible... «Lady Sings the Blues», y una vez termina las canciones, se va su corazón a un recuerdo. La está violando un cabrón y ella tiene diez años solamente. Y la mente, mientras enciende a escondidas en su camerino un cigarro de marihuana, se extasía con aquellas escapadotas de la escuela... se iba de pinta, cantaba a solas cosas tristes y dijeron que estaba loca y el reformatorio, The House of the Good Shepherd, con toda la buena fe de sus curas católicos, no pudo con ella... Como ni hay amor ni buena vecindad, se vino a New York.

Ahora Wilbert Rich no la podrá violar y amedrentarla para que no lo diga. Su madre acaba de sorprenderlos y la jala de las piernas para quitarle de encima al malnacido que la amaciza con sus güevos sobre su vientre. Ni buena vecindad ni decoro ni dignidad en la raza.

«¿Para que recordar ese pasado?», le dice a Abel Meeropol, maestro de escuelas del Bronx, que hace llamar Lewis Allan. Se la quiere llevar al «Café Society», en el barrio Greenwich Village, donde judíos como él alternan con negros, con boricuas, con gente de uniones izquierdistas y sindicatos que promueven lucha y cambio social, integración racial, diálogo y convivencia... «Esa canción duele. No quiero cantarla, Abel».

Y él le habla de un nuevo futuro porque la ha visto en las drogas. Bebe y abusa de tranqulizantes. En 1947, le allanaron el apartamento y la arrestaron por posesión de narcóticos y drogas. Jimmy Monroe, el esposo, es un infiel y le ha dicho: «No expliques esa mancha de lápiz de labios en el cuello». Y se puso a drogarse. «You Better Go Now»... «What is This Thing Called Love?»

Abel Meeropol comenzó a prepararla para Pod's and Jerry, para que vuelva a irle de maravillas, como a la Reina que es y con una orquesta grande. Mejor que la de Count Basie y Artie Shaw. Grande, pero siempre más pequeña que su voz... «your an outgoing warmth, a palpable eagerness to reach and touch the audience, and your mocking wit». Y es que ya hasta los músicos blancos aman su fraseo, su tempo, su feeling... «pero hay que pegarles en la cara. Vas a cantar 'Strage Fruit', porque es como un himno del sindicato contra los linchamientos y después al Carnagie Hall. 'Lady Sings the Blues'. Y Herbie Nichols, al piano... y te voy a decir algo, Billie. El peor enemigo no el padre que te abandona, el vecino que te ultraja de niña, el marido infiel, es la pobreza del Bronx o los ghettos de Filadelfia o Harlem... y la CIA y el FBI que te ha visto creciendo, reclamada en Europa, grabada por Columbia o los estudios de MGM y ha dicho... revisemos que lleva en la cartera, que esconde en su apartamento, quitémole el nombre prestigioso de Reina o Dama del Día...»

Le ha barrido de un manotazo una línea de coca. No te van a quitar la droga para que no la consumas, Billie. Van a dejar que te enfermes con ella. Y van a exponer que eres viciosa y que no triunfarás ni serás ejemplo por ese vicio. La CIA y el FBI; ambos brindan estos narcóticos / alucinógenos / a la gente como tú con el objetivo de distraer su atención sobre el contexto político y contracultural... Para contrarrestrar el fruto extraño de un negro colgado de un árbol por los KKKs, en camino hacia la exclusión y la nada, te dan su versión del fruto extraño, píldoras, cocaína, heroína... Se filtraron en en Greenvich Village, en el rock, el jazz, el pop, en todo reino de creación y hay que parar eso, Billie. No dejes que la canción se prosterne y humille ante ese enemigo: extraño fruto del blanco, el arma feroz para desarticular todos los pensamientos rebeldes...»

Ya era tarde. El 31 de mayo de 1959 fue llevada de emergencia al Hospital Metropolitano. Una cirrosis hepática y una cardiopatía precedió a su arresto. La policía vigiló la puerta de su habitación en el hospital por 17 días, hasta el día que murió. Ya supo que no levantará. Morirá sola, bajo sospecha, criminalizada. No es una estrella ante los ojos de esos malditos guardias que dicen a la prensa: «She is nigro-felon under police custody». Se ha consultado el banco y tiene setenta centavos como único capital. Los tabloides ofrecen $750 por una foto y una confesión post mortem que diga: «Me maté con una sobredosis». Y aún así, no se permiten visita a menos que se vaya a pagar la cuenta hospitalaria.

25-08-2003 / Microcuentos

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